Las Mediaciones políticas bajo el signo de la ingerencia extranjera y la crisis institucional. Las dictaduras de Machado y Batista

Dr. Jorge Renato Ibarra Guitart

A fines de la década de los años 50 Carlos Rafael Rodríguez produjo un ensayo lúcido sobre la mediación de 1933, el texto pretendía servir de punto de partida al análisis de la situación de crisis institucional presente. Con el cambio de embajadores ordenado por Washington  en 1957 se presumía tendría lugar una nueva política de los Estados Unidos hacia Cuba aunque la coyuntura histórica había cambiado. Se conformó un escenario de crisis general que hizo colapsar al modelo neocolonial cubano.

En esta oportunidad, con la ventaja que nos ofrece mirar los sucesos acontecidos desde cierta distancia histórica, intentaremos un examen paralelo de ambas décadas críticas para aproximarnos a aquellos momentos  cruciales que marcaron un hito en nuestra historia y un cambio en nuestras realidades.

Presupuestos generales de la mediación de 1933

El proceso de mediación política que se inició con la llegada a Cuba de Benjamín Sumner Welles, marcó el viraje hacia una nueva etapa de nuestra historia. De la influencia avasalladora de los Estados Unidos pocos podían escapar. Para muchos cubanos no era posible acometer cambios políticos y sociales de alguna magnitud en forma siquiera medianamente radical ya que los conflictos de clase que tendrían lugar provocarían la intervención norteamericana. En el país, por razones geopolíticas, se menospreciaban las posibilidades de los nacionales para lograr renovar la sociedad..

De los informes de Sumner Welles al Departamento de Estado se infiere que prácticamente todos los actos del gobierno y la oposición referidos a la mediación eran previamente planificados en círculos cerrados, donde el Embajador norteamericano demostraba plenamente su protagonismo.
 
Machado estuvo dispuesto a aceptar algunas transformaciones en la Constitución después de un dilatado proceso tanto de designaciones de delegados a una Asamblea Constituyente como de discusiones de reformas constitucionales.Bajo esas circunstancias, Machado haría realidad su esperanza de mantenerse en el poder hasta mediados de 1935 pues no se establecía la fecha del cambio de gobierno. De hecho, se le habría facilitado a la dictadura un verdadero “puente de plata” como bien afirmara Gonzalo de Quesada. 

Debemos recordar que inicialmente Welles le había indicado a Machado que dejase la presidencia en el otoño de 1934. Tal vez la indolencia de Welles y de los sectores de la oposición hacia esas maniobras gubernamentales radicaba en que se conformaron con que se había establecido el mecanismo con el que podrían deponer a Machado utilizando las vías legales, sin importar fechas. Ellos harían todo lo posible para que el momento de la caída de Machado les fuera conveniente.

Por otra parte, en la Casa Blanca el Presidente Roosevelt no estaba al corriente de las realidades cubanas. Durante junio, julio y la primera semana de agosto el Secretario de Estado, Cordell Hull, tampoco recibió los reportes de Welles puesto que se encontraba participando en la Conferencia Económica de Londres. De modo que Sumner Welles actuó sin apenas recibir señalamiento alguno para corregir la política exterior norteamericana hacia Cuba.  Esto explica cómo el Embajador procedió prácticamente libre en las componendas que fraguó en La Habana.

En los primeros momentos no estuvo claro si el Embajador se iba a decidir a apoyar plenamente al gobierno en su estrategia política de mantenerse hasta 1935 o si por el contrario iba a hacer de las propias conversaciones de la mediación el mecanismo para fraguar las reformas constitucionales. De cualquier manera, Welles tenía que estimular a sus sujetos de experimentación con la clásica zanahoria: tenía que dejar ver que la reconstrucción económica de Cuba era posible.

En informe del 8 de junio que dirige al Departamento de Estado, solicita que se anuncie pronto la negociación del Tratado de Reciprocidad Comercial.

El hecho de que las corporaciones económicas se decidieran a actuar en el escenario político de forma más directa explica las presiones terribles a que estaba sometida la economía nacional. Muy pronto se le daría satisfacción a los reclamos del embajador: la Secretaría de Estado anunciaba que Sumner Welles tenía instrucciones de iniciar las conversaciones con el fin de gestionar un nuevo Tratado Comercial Cubano-Americano. Es decir, el “plan anzuelo” había que activarlo constantemente, a pesar de que pudieran crearse falsas expectativas
 
Entre las sugerencias que Welles le trasmitió a Machado se encontraba la de suavizar la censura de los periódicos. El embajador le pidió expresamente a Machado que le diera libertad total a Cosme de la Torriente para hacer declaraciones a través de la prensa. . De la Torriente sería el encargado de lograr que la opinión pública se pronunciase a favor de la mediación del Embajador norteamericano. Veterano de la guerra de independencia, hombre ilustrado que había asumido importantes responsabilidades nacionales e internacionales, era la persona ideal para dirigir una campaña pública que le ganase adeptos a la mediación. Torriente advirtió en sus campañas que la mediación era el recurso más expedito para evitar una posible intervención extranjera prevista por la enmienda Platt.  El fantasma de una intervención extranjera será manejado desde las más diversas posiciones políticas

La Conferencia Económica de Londres resultaba muy importante para el gobierno de Machado en más de un aspecto. En la capital británica se iban a enfrentar los criterios libre cambistas de los Estados Unidos con las posiciones conservadoras en materia monetaria y comercial de  los países europeos. Washington estaba empeñado en reducir las tarifas arancelarias para beneficiar el comercio mundial y limitar las regulaciones del patrón oro en los cambios de moneda. Si Roosevelt lograba imponer su política, se crearían las mejores condiciones para la rúbrica de distintos convenios de reciprocidad comercial. Pero además, Cuba pretendía poner de acuerdo a los distintos productores de azúcar para que los precios del dulce aumentaran. Machado comprendía que adelantar en la adopción de estos acuerdos equivalía a neutralizar a la oposición y mantenerse en el poder hasta mayo de 1935.

Los resultados de la Conferencia de Londres y los de la Comisión Arancelaria  de Washington respecto al establecimiento de una Ley de Cuotas Azucareras  iban a dictar los destinos más próximos del Machadato. Adelantar en la consecución de los objetivos que la delegación gubernamental se había trazado en dichos eventos era cuestión de vida o muerte para el régimen. La capacidad de maniobra política de la dictadura dependía en buena medida de un rápido restablecimiento de las arcas del Estado. Alberto Lamar de Schweyer, funcionario del gobierno machadista, concuerda en que para el General-Presidente era vital un arreglo económico.

Según la versión de Lamar de Schweyer, Machado y Welles aparentemente habían llegado a un acuerdo en cuanto a solucionar inicialmente el problema económico y luego el problema político. De cualquier manera, como la crisis interna de los Estados Unidos no le permitía a Washington adelantar acuerdos bilaterales hasta tanto no estuviese definida la situación de la economía a escala internacional, Welles tenía que llevar adelante el programa de conciliación política. Por tanto, consideramos que los Estados Unidos, en tenaz competencia con Europa para imponerse como potencia hegemónica, no podían otorgarle beneficios inmediatos al régimen machadista que sacrificasen su propósito de controlar los mercados internacionales más importantes, entre ellos el del azúcar. Además, su objetivo era lograr que se pudieran simultanear las negociaciones económicas y políticas en Cuba.

El manifiesto público que había presentado Cosme de la Torriente, el cual convocaba a un arreglo negociado a los sectores políticos en pugna a través de la mediación del  Embajador norteamericano, había evidenciado que era preciso contener el empuje de los sectores revolucionarios. Si al ABC se le había podido domesticar, había que repetir la fórmula para toda la emigración revolucionaria. Un debate de ideas entre Cosme de la Torriente y José Pepín Rivero, director del Diario de la Marina sobre el candente tema de  la  revolución, sus propósitos y limitaciones sirvió de plataforma política para la campaña que la derecha oposicionista emprendió contra los sectores más radicales de la oposición.

Los objetivos finales de la campaña que los líderes derechistas de la oposición desataron contra la Junta  Revolucionaria de Nueva York eran la liquidación del programa revolucionario y la neutralización de los sectores antimperialistas y nacionalistas. El dilema histórico de la nación cubana estaba planteado: ¿Cuál era la alternativa real que enfrentábamos?. La mediación puso al desnudo las trágicas disyuntivas que tenían ante sí los cubanos.

Las alternativas posibles eran un gobierno dócil a los reclamos de Washington o una administración militar norteamericana. Washington diría la última palabra. Los cubanos no podían resolver sus propios problemas pues terminaban generando el caos social que conducía a una intervención militar norteamericana. Un verdadero círculo vicioso. Para Cosme de la Torriente, los garantes del modelo cubano de capitalismo dependiente eran los Estados Unidos. La sociedad no podía ser reformada desde adentro, por los propios cubanos. La mediación fue un proceso político ajustado a  esas premisas.
 
 Cosme de la Torriente, a partir de ese momento, se convirtió en abanderado de la división de las fuerzas oposicionistas. Podemos decir que Torriente contribuyó en buena medida a neutralizar el sesgo revolucionario de las demandas de la oposición. La oposición debía parlamentar con el gobierno sobre formulismos legales para producir un tránsito ordenado de gobierno y no para hacer válido el programa social de transformaciones mínimo que habían previsto.

Los artífices de la mediación debían demostrar que sólo la propuesta mediacionista podría arrojar luz sobre los acuciantes problemas cubanos. Había que convencer a la  opinión pública de que algunas propuestas revolucionarias podían tener acogida en las conversaciones que gobierno y oposición iniciarían con la anuencia de la embajada norteamericana. De momento ese era el objetivo, en la práctica las ideas revolucionarias no tendrían lugar en estas fórmulas de gabinete. La mediación constituyó un proceso de entendimiento entre los partidos del gobierno y de la oposición burguesa con miras a neutralizar la acción revolucionaria del pueblo. Las demandas más sentidas de las clases medias, los campesinos y la clase obrera no tendrían cabida en estos conciliábulos.

Cosme de la Torriente, vasto conocedor de la historia republicana, se sentía preocupado no tanto por las extensiones arbitrarias de los mandatos políticos, sino por el peligro de que se desatase una revolución social que podía servir de pretexto a la  intervención militar norteamericana. Pero el verdadero sentido de su pensamiento político se expresó le advirtió a sus partidarios que el mayor peligro para sus intereses era perder las riendas de la insurrección y que estas fueran asumidas por  los sectores más radicales.

Para el verano de 1933 había que definir si la solución a la crisis general del país vendría a través de las fórmulas de la mediación, de las propuestas del gobierno, por la vía revolucionaria o en última instancia por la ocupación militar norteamericana. A medida que las negociaciones se estancaban, Welles podía percibir que a la mediación le quedaba poco aunque continúo aferrándose a ella antes de plantear nuevas soluciones.

El país, preso en su condición de neocolonia de Washington, no tenía otras alternativas que el reacomodo y la conciliación de los proyectos de futuro de los sectores dominantes o de lo contrario enfrentar el desarrollo de una revolución. El cerco del Departamento de Estado sobre Machado había llegado a un punto en que las salidas a la tensa situación iban a ser precipitadas y desordenadas. Las discusiones en torno a la reforma constitucional habían llegado al punto donde la propia mediación se hacía obsoleta.

En los últimos mensajes de Welles se expresaba el objetivo de derribar a Machado de la silla presidencial por medio de “un compromiso individual”. La mediación, como vehículo utilizado para interferir en los asuntos cubanos y ajustar los cambios internos a los requerimientos del New Deal a escala mundial, había llegado a un punto donde era preciso descabezar al régimen.

Las conversaciones de gobierno y oposición en un clima de garantías generales eran un contrasentido con la situación desesperada del país. Welles comprendió que en medio de la huelga general y con las amenazas de una intensificación de las protestas obreras, su lugar debía ser otro. A partir de ese momento sólo eran posibles salidas de urgencia a la crisis. No era el momento de discusiones doctas acerca del derecho burgués sino de correcciones drásticas para enfrentar los peligros más inmediatos al régimen de consenso capitalista: las revoluciones radicales o las medidas represivas excepcionales que en el caso cubano podían conducir a la ocupación militar del país por una potencia extranjera.

Presupuestos generales de la mediación de  los años 50

Con el golpe de Estado del 10 de marzo de 1952 se abrió una nueva etapa a partir de la consolidación de la crisis institucional cubana. Hacia noviembre de 1952 tuvo lugar la reestructuración de la Sociedad de Amigos de la República (SAR) asumiendo la presidencia Don Cosme de la Torriente quien se había ganado el respaldo de los partidos tradicionales para mediar en el conflicto político cubano con una fórmula que aliviase la tensión pública y la crisis institucional. El gobierno desoyó estas propuestas iniciales de solución pacífica y el primer estallido revolucionario se produjo el 26 de Julio de 1953. Jóvenes ajenos a los partidos tradicionales abrieron paso a la vía insurreccional con un claro programa revolucionario  que más tarde se daría a conocer en “La Historia me Absolverá”.

En lo sucesivo los partidos tradicionales mantuvieron una postura abstencionista ante la convocatoria de unas elecciones diseñadas por el dictador Fulgencio Batista quien aspiraba al poder desde el poder y limitaba las libertadas de expresión a sus contrincantes. Las fórmulas de la SAR serían acogidas con beneplácito por los partidos de oposición que además se manifestaron a favor de la amnistía de los presos políticos y el retorno de los exiliados.

Después de consumada la farsa electoral del 1ro.de Noviembre de 1954, Batista consideró oportuno ofrecer algunas concesiones para paliar las dificultades que le causaba la falta de consenso al régimen. El clima político imperante estaba caldeado sobre todo porque la oposición oficial le había dado las espaldas a las maniobras electoreras del régimen y al propio tiempo se habían consolidado tendencias revolucionarias entre la juventud. Fue así que la dictadura acordó la restauración formal de la Constitución de 1940 y la amnistía de los presos políticos. En esas circunstancias la SAR y los partidos tradicionales entendieron que si Batista deseaba continuar gobernando el país bajo los presupuestos de la constitución de 1940 y con los revolucionarios libres, no le quedaría otra opción que continuar cediendo posiciones hasta aceptar la fórmula de elecciones generales.

En aquella coyuntura la SAR dio a conocer sus manifiestos del 3 de Junio y el 20 de Julio al que se adhirieron todos los partidos tradicionales de oposición reclamando la celebración de unas elecciones generales inmediatas en el plazo más breve posible. El régimen castrense con toda contumacia se negó a entenderse con la oposición, y a la demanda de elecciones generales respondió dando a conocer el Plan Vento de elecciones parciales. Los manifiestos habían alertado a los políticos de la neocolonia sobre el peligro que entrañaba para sus intereses de más largo alcance la crisis política y económica en curso así como la existencia de fuertes tendencias revolucionarias en las masas lo que podía conducir a profundas convulsiones sociales. Pero esas advertencias tampoco encontraron eco en las esferas del gobierno, Batista pretendía neutralizar a la oposición oficial, ganar tiempo y reprimir por la fuerza cualquier nueva revuelta revolucionaria.

Los personeros más connotados de la dictadura se negaron a entrar en contacto con la oposición pretextando que la SAR no era una agrupación cívica neutral y que no contaba con suficiente apoyo de los partidos tradicionales. Ante esta maniobra, Cosme de la Torriente respondió convocando un gran acto público de dimensiones nacionales donde pudiesen hablar todos los líderes de los partidos políticos de la oposición. El acto se convocó en la plazoleta del Muelle de Luz y constituyó una demostración de rechazo a la dictadura y a sus fórmulas electorales, no sólo de parte de los miembros de la oposición oficial sino también de un nutrido grupo de jóvenes rebeldes que enarboló su consigna de: “¡Revolución!”.

En diciembre de 1955 un amplio movimiento de protestas populares sacudió al país de un extremo a otro. La huelga por el pago del diferencial azucarero lanzó a obreros y estudiantes a las calles en franco repudio a la dictadura. A partir de entonces el gobierno abrió un dilatado período de contactos con la oposición para desviar la atención de la opinión pública de los acontecimientos violentos que estaban produciéndose.

Como resultado de las entrevistas que tuvieron lugar a comienzos de 1956 entre Cosme de la Torriente y Fulgencio Batista se llegó, tras vencer agudas dificultades, alDiálogo Cívico de marzo de 1956. En las negociaciones que mantuvieron Oposición y Gobierno bajo los auspicios de la SAR, la primera mantuvo su tesis de producir una convocatoria de elecciones inmediatas mientras que la dictadura planteó una nueva alternativa: llamar a elecciones para una Asamblea Constituyente para solucionar la crisis política cubana. Esta última fórmula en realidad constituyó una maniobra engañosa y dilatoria del régimen castrense que confiaba en la represión y en sus rejuegos políticos para contener el desorden social y mantenerse en el poder a toda costa.

La SAR y los partidos adheridos a su gestión propendían a remover el clima político cubano, si aceptaban la fórmula del gobierno, su hegemonía se comprometía considerablemente pues se reducía su capacidad de maniobra ante futuras coyunturas históricas que reclamasen de nuevas ofertas políticas. Cualquier salida con Batista en el poder no aseguraba el objetivo político de la oposición oficial de conjurar el desarrollo de una revolución social. En el Diálogo Cívico no se concertó la ansiada conciliación de Gobierno y Oposición, quedó abierto el sendero para que las organizaciones revolucionarias emergentes impusieran su solución al dilema cubano. El pueblo esperaba por acciones más radicales.

Mientras la opción reformista representada en la SAR tuvo su más rotundo fracaso en el Diálogo Cívico, desde Washington no se presionó a Batista para que aceptase los términos de una nueva avenencia con los partidos de oposición entonces integrados en un Frente Único. Pensamos que la política norteamericana hacia el gobierno de

Batista estuvo más interesada en que la casta militar batistiana respaldase ampliamente sus intereses económicos. Apostaron al poder real, concreto y visible de un ejército golpista que aplastó las libertades democráticas y ofreció amplia cobertura a los capitales norteamericanos. La sociedad civil fue menospreciada por Washington que llegó a tener con el régimen castrense un compromiso ilimitado, al menos hasta el cambio de embajadores el 15 de Julio de 1957.

En el trimestre decisivo de comienzos de 1958, una nueva alternativa reformista cobró fuerza. De nuevo, ante el cuadro desolador que ofrecían los partidos políticos, las Instituciones Cívicas se erigían en soporte de propuestas algo más realistas. Defensoras en última instancia de los intereses de la burguesía y pequeña burguesía estaban conscientes de que los partidos tradicionales habían dejado de constituir canales efectivos para promover soluciones a la crisis política nacional.

Sabían que la República enfrentaba el desafío de cambios traumáticos para lo que no tenía respuestas suficientes. Esas presuntas amenazas provenían lo mismo de una prolongada contienda civil, de un estado de represión generalizada, de un eventual desplome del gobierno y por último, del posible establecimiento de un gobierno de tendencia radical conformado por jóvenes sin una trayectoria que los vinculase a las instituciones constitutivas de la República dependiente cubana. La sociedad civil había entrado a salvaguardar el orden republicano, la propuesta no era celebrar comicios sino restablecer la paz ciudadana como paso previo a cualquier solución política.
No obstante, atendiendo al clamor de paz del conjunto de sectores políticos y sociales, el líder del Movimiento 26 de Julio, Fidel Castro Ruz, dio a conocer unas declaraciones públicas por medio de una carta que dirigió a José Pardo Llada el 28 de febrero de 1958. Fidel había retado al gobierno a demostrar si el restablecimiento de las garantías constitucionales y el levantamiento de la censura de prensa formaban parte de un proceso dirigido a consolidar una paz duradera para todos los cubanos o eran tan solo medidas encaminadas a posibilitar otra maniobra para dilatar la solución a la crisis nacional, ganar tiempo y favorecer solo a aquellos que lo acompañasen en su farsa electoral. De nuevo la dictadura quedó al desnudo; no hubo respuestas para la propuesta de Fidel Castro. Batista lo había apostado todo a barrer con la oposición que se negara a transigir con sus fórmulas fraudulentas y mezquinas.

Algunos partidos de la oposición electoralista asistieron a las elecciones de noviembre de 1958 a la espera de que,  ante un posible triunfo rebelde, el régimen rindiera  sus armas. En realidad Batista nunca tuvo intenciones de utilizar a los partidos electoralistas como tablilla de salvación para propiciar una transición política. El dictador quería obtener el aval de Washington para continuar dirigiendo los destinos de Cuba. El proceso electoral fue toda una farsa debido a los fraudes escandalosos a que recurrió la dictadura para imponer su candidato. Los comicios se habían convocado sin que el ejército y policía del régimen hubieran podido liquidar la resistencia insurreccional y por ello no se cumplieron ninguna de las garantías prometidas por Batista. En ese momento el único sustento de la dictadura era la represión generalizada.

La diplomacia norteamericana ante las crisis cubanas. Ocho puntos de comparación en los casos de las dictaduras de Gerardo Machado y Fulgencio Batista

I) Orígenes de la disidencia interna

Años 30:

El contexto histórico de crisis económica general estuvo precedido por una farsa electoral que condujo a la aprobación de la constitución de 1928 y a  la prórroga de poderes. De esa manera se conformó un cuadro general de rechazo al régimen al propio tiempo que se constituyó un grupo disidente activo de caciques políticos desplazados del poder.

En ese contexto, la posición de las administraciones de los  Estados Unidos presididas por Coolidge y Hoover fue de respaldo a la dictadura machadista.

Años 50:

  • La ejecución del golpe de Estado por Fulgencio Batista tuvo lugar en vísperas de unas elecciones generales; perdió legitimidad el consenso social con la derogación de la constitución de 1940.
  • La dictadura batistiana profundizó los problemas sociales por medio de una política de restricción azucarera, reducción de salarios, desempleo creciente, compulsión al “intensivismo” laboral, incremento de la deuda pública y otros.
  • Ante esta circunstancia crítica los Estados Unidos ofrecieron el reconocimiento oficial pleno al régimen golpista de Fulgencio Batista.

II) Coyuntura histórica en que se inician los cambios en la diplomacia norteamericana

Años 30:

La Política del Buen Vecino que inauguró Franklin Delano Roosevelt se auxilió de medidas diplomáticas que a la caída del Machadato todavía estaban en estudio. Debemos recordar que para entonces estaba vigente la enmienda Platt que era parte de la doctrina anterior de “Gran Garrote”.

Finalmente la mediación fue hija directa de la enmienda Platt porque fue un mecanismo de padrinazgo directo y arma psicológica sobre el gobierno de Machado.

Años 50:

La coyuntura de crisis política motivada por el golpe de Estado del 10 de marzo se agudizó hacia el año 1957 lo cual produjo cambios en la diplomacia norteamericana hacia Cuba debido al deterioro de la situación política, la consolidación del foco guerrillero y la resistencia popular. En ese sentido se debe considerar que  la opinión pública norteamericana así como algunos congresistas rechazaron activamente los crímenes de la dictadura. En el Departamento de Estado se temía que el apoyo a un régimen dictatorial desprestigiado como el de Batista podía comprometer la ayuda a otras dictaduras latinoamericanas que mantenían un control efectivo.

III) Instrucciones iniciales a los nuevos embajadores estadounidenses

Años 30:

Instrucciones del gobierno norteamericano dadas a Welles para enfrentar el caso cubano:

  1. Negociar un nuevo tratado de reciprocidad comercial.
  2. Convocar unas elecciones en el otoño de 1934
  3. Iniciar conversaciones inmediatas que dieran paso a una mediación política
  4. Amenazar con hacer uso de lo dispuesto por el artículo III de la enmienda Platt.

El embajador estadounidense procuró hacerle entender a Machado que era posible un arreglo inmediato de tipo económico; pensaba que era posible una transición política ordenada en el mediano y largo plazo.

Años 50:

  • Fueron relevantes los intercambios del nuevo embajador designado Earl Smith con ejecutivos del Departamento de Estado y el periodista Hebert Mathews. Smith había llegado a un entendimiento con el Secretario de Estado, John Foster Dulles quien persistía en apoyar en todo lo posible a Batista.
  • Smith inaugura la política de neutralidad aparente que intentaba tomar distancia formal con el régimen de manera que cambiara el criterio en la opinión pública de que la embajada estadounidense intervenía siempre a favor del gobierno cubano. En la práctica el embajador norteamericano terminaría cediendo a las presiones del régimen batistiano y lo apoyaría en toda la línea aún cuando mantuviera discrepancias con el Departamento de Estado.

IV) Falsas expectativas en los momentos cruciales

Años 30:

Las falsas expectativas respecto a los remedios que se podían aplicar a la crisis de gobernabilidad estuvieron presentes en el proyecto de solución nacional de Welles.

Ello se patentizó en las posibilidades estudiadas de darle un respiro al Machadato mediante un posible arreglo de tipo económico. Las discusiones iniciales para un anteproyecto de Tratado de Reciprocidad Comercial así como las propuestas de la delegación cubana a la Conferencia económica de Londres y  a la Comisión Arancelaria de Washington son demostraciones de esas intenciones iniciales.

Años 50:

En los años 50 las falsas expectativas de Smith en las elecciones convocadas por Batista fueron el punto de partida para mantener el compromiso con la dictadura y dejar transcurrir el tiempo a la espera de una posible rectificación formal de la dictadura que la consolidara en el poder.

La política de “Zanahoria envenenada”, esto es concesiones de armas a cambio de elecciones, consolidó la falsa creencia en los Estados Unidos de que los batistianos retomarían el control de la situación interna. Esta política farisaica quedó demostrada en la conducta indiferente de los Estados Unidos ante el fraude electoral que fraguó la maquinaria política de la dictadura desde 1957.

V) Cambio de circunstancias en el proceso de la mediación

Años 30:

Hacia mayo de 1933 tuvo lugar un aumento en los sabotajes del ABC que motivaron el inicio de la mediación. Otro vuelco relevante en la táctica llevada a cabo por los agentes del imperialismo se manifestó en las  instrucciones del Secretario de Estado norteamericano Cordell Hull respecto a promesas económicas. En ese sentido se puso en evidencia que Washington comprendió era preciso adelantar las negociaciones políticas para entrar luego en las económicas. El mensaje inicial del Presidente Roosevelt a la mediación fue un espaldarazo a esta nueva táctica. La posición de Machado al respecto fue la de utilizar las conversaciones como  una pantalla ante la opinión pública para ganar tiempo mientras intentaba adelantar las negociaciones económicas en Londres y Washington. Welles en ese momento procuraba ponerse por encima del gobierno y de la oposición para manejar directamente los hilos  del reordenamiento institucional.

Años 50:

Desde fines de 1957, durante el período de suspensión de las garantías constitucionales, el régimen del 10 de Marzo preparó las condiciones de la farsa electoral prevista para junio del siguiente año. Batista, presionado por el Departamento de Estado norteamericano, se propuso conformar un simulacro de consulta popular para que la casta político-militar que lo apoyaba pudiese conjurar tanto los peligros de la Revolución en marcha como los de una apertura democrática. El gobierno, teniendo el dominio de la componenda que se fraguó y ante las presiones del Departamento de Estado norteamericano, decidió restaurar las garantías constitucionales.

Estas garantías formales se habilitaron en el país con excepción de la provincia de Oriente. La dictadura confió en que la jugada le saldría bien, creía que de esa manera podía neutralizar al foco guerrillero que se mantenía en la Sierra Maestra y monopolizar los resultados de una consulta electoral amañada. Las elecciones se habían diseñado para demostrarle a las altas instancias de Washington que la alternativa de una apertura democrática era posible. Surgen así las propuestas de solución negociada de las instituciones cívicas y de la Iglesia católica. Pero Batista no podría admitir una solución bajo esos supuestos pues el régimen de facto sólo se mantenía a base de la fuerza, la menor consulta abierta a las masas populares lo pondría en desventaja.

Una vez que el Movimiento 26 de Julio convocó  a la huelga general de abril, Batista comprendió que no tenía margen para entretener a la opinión pública con maniobras políticas. Mediante decreto suspendió las garantías constitucionales y la censura de prensa. La diplomacia norteamericana había caído en la trampa urdida por Batista. El dictador tuvo el apoyo del embajador Smith que no daba cuenta al Departamento de Estado de la situación real en Cuba.

Aquí es donde surgen los puntos de discrepancia entre el Departamento de Estado y la embajada norteamericana. A partir de entonces se establece el embargo formal en la venta de amas de los Estados Unidos al gobierno cubano, esta medida permitía a Washington continuar brindando asistencia militar a las demás dictaduras latinoamericanas que mantenían un dominio estable, proteger sus propiedades en Cuba y presionar a Batista para que lograra un mínimo de consenso público.

VI) Estrategias de las dictaduras en momentos cruciales

Años 30:

La estrategia central de Machado en las negociaciones de la mediación se dirigió a desacreditar a sus oponentes, demostrar su poder efectivo y dilatar las conversaciones para negociar un nuevo arreglo económico internacional. En ese sentido, sus propuestas se centraron endilatar las negociaciones y aprobar medidas que afectasen el crédito de la oposición. 

Años  50:

Batista nunca quiso negociar una verdadera apertura democrática en Cuba lo cual quedó demostrado en su contumaz rechazo a las distintas fórmulas de arreglo negociado que propuso la oposición en distintos momentos de su mandato. Los fracasos de las primeras propuestas a raíz del golpe de Estado y los que continuaron durante las gestiones encabezadas por la SAR, las instituciones cívicas y la iglesia católica lo demuestran fehacientemente.

A principios de 1958 Batista pretendía engañar al Departamento de Estado acerca de la naturaleza de las conversaciones solicitadas por las instituciones cívicas y la iglesia católica. Batista gobernaba sin consenso y no podía aceptar otra solución que las elecciones en la forma prevista por el régimen castrense. Su objetivo era captar armas, aún bajo las condiciones del embargo norteamericano, y orientar la represión en gran escala para luego conceder unas elecciones donde la casta que comandaba se pudiera perpetuar en el poder. En última instancia, la oposición que aceptara sus condiciones debía negociar desde posiciones de fuerza cuando se hubiera liquidado la rebelión.

VII) Cambios en la política norteamericana

Años 30:

A partir del 19 de julio Welles se pronuncia por la salida de Machado. Tienen lugar cambios de las posturas del embajador norteamericano que establece una estrecha alianza con la oposición y propone un arreglo en el corto plazo. Welles estaba presionado por las siguientes causas:

  1. El deterioro de la situación política interna por el incremento de la resistencia popular.
  2. El fracaso de las Conferencia de Londres y de la Comisión de Washington.

Años 50:

La política del Departamento de Estado aunque sufrió variaciones nunca abandonó el apoyo básico al régimen castrense. Se temía que se generara un eventual vacío de poder que pudiera ser aprovechado por las organizaciones revolucionarias para acceder al gobierno. En ese sentido el embargo de armas fue un punto de partida para hacer recapacitar a la dictadura. Esa medida, que nunca se aplicó con todo rigor, se adoptó por una serie de los factores que Washington no podía desconocer. Tuvieron un peso el rechazo de la opinión pública estadounidense a la dictadura batistiana lo cual comprometía el apoyo de Washington a otros regímenes de fuerza en el continente.

VIII) Las salidas de emergencia

Años 30:

En los días previos a la caída del Machadato, las maquinaciones de Welles estuvieron dirigidas a crear una alarma generalizada con la divulgación de una nota donde se anunciaba la intervención militar norteamericana. En el caso cubano la recién inaugurada Política del Buen Vecino se auxiliaba de de la enmienda Platt. Welles tenía el dominio del arma psicológica de la intervención más que la pretensión de aplicarla. Por otro lado, el embajador empleó con suficiente éxito su táctica de dividir a los partidos oficiales para enfrentarlos al Presidente Machado. Finalmente Welles encontró en el propio ejército un aliado en sus maniobras dirigidas a controlar la situación política, en la práctica las fuerzas armadas tenían ante sí alternativas trágicas y optaron por darle un golpe a Machado. Las presiones, cabildeos y salidas de emergencia aunque generaron gran caos e inestabilidad social, finalmente fueron efectivas.

Años 50:

No fueron efectivas  las múltiples salidas de emergencia a la crisis cubana tales como la gestión personal de William Pawley, las gestiones alrededor de la Santa Sede y la OEA  Su fracaso se explica, básicamente, porque no había agrupaciones políticas ni ejército que pudieran acceder al poder con un mínimo de consenso público. El conflicto se llegó a polarizar a un punto que se borraron los espacios a las alternativas que pretendían darle continuidad al régimen neocolonial. Aunque se estudiaron y propusieron complots dentro del ejército, dicho cuerpo armado no estaba habilitado para ejercer dominio de la situación interna debido a sus aparatosos fracasos en el combate al ejército rebelde. Por último, los resultados de las elecciones de noviembre de 1958 demostraron la renuencia del régimen a todo tipo de transacción política.

Bibliografía

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